Publicado por el 30/03/2017

El más poderoso de los reyes de Israel, se acerco a Dios con temor reverente, dando cuenta de su propio pecado y dijo: “Ten piedad de mi oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad y límpiame de mi pecado… (Salmo 51; 1-17).
Hoy las cosas han cambiado, la mención del pecado es motivo de chiste, y la empresa del espectáculo ha encontrado un tema que atrae; “Hacer mofa de los valores cristianos” encontrando muy divertido, los enredos sexuales y todo cuento, serie y programa que menciona de manera maliciosa el pecado. Pero en la vida real, el pecado y sus consecuencias distan mucho de ser algo divertido, no es nada divertido para el adulto o para el niño, cuando un ser querido abandona el hogar en pos de su lujuria.
Lo que entre luces de colores le llaman diversión en realidad no lo es, respecto al pecado y sus consecuencias.
No es divertido cuando el padre que debió ser referente y mentor de sus hijos, sin capacidad de discernir, por el efecto del alcohol, pierde su dignidad de padre, incurriendo en infamias que nunca antes imaginó. Esto es una gran tragedia, porque menoscaba su autoridad de padre frente a sus hijos.
La virulencia del pecado traspasa los linderos de las clases sociales, aquí y allá. En todas partes el pecado es una tragedia, que puede tener efectos en lo familiar, social, pero esencialmente es un problema espiritual que debe resolverse espiritualmente y la manera correcta es como David lo hizo, que aún siendo grande su pecado y muy vergonzoso, lo confesó y pidió misericordia a Dios y nuestro Señor le restauró.


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