Publicado el 3 de septiembre de 2011 17:22 |
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Una vez más nuestra nación es golpeada con una tragedia que causa dolor, pesar y angustia. Nos unimos para apoyar a los familiares de las 21 personas que iban a bordo del avión que cayó en las costas del Archipiélago de Juan Fernández. Hemos sido testigos de cada uno de los detalles de rescate y re-búsqueda del avión siniestrado. Imágenes, información, acontecimientos que van confirmando lo peor. Hemos visto diferentes tipos de reacciones que como país ya estamos impuestos a ver: Palabras de apoyo animando a la esperanza, oraciones, demostraciones de solidaridad frente a las dependencias de TVN, etc.
Que hacer cuando la tragedia golpea nuestra puerta. Sin duda que no es fácil y nadie está completamente preparado para enfrentar una situación trágica. Un momento donde nuestra fe es probada al máximo. Reconozcamos que una cosa es estar de espectador y otra muy diferente ser protagonista de una situación extrema de tragedia y dolor. Como hijos (as) de Dios necesitamos reconocer nuestra dependencia total en Él. Quisiera sugerir algunos pasos concretos que nos pueden ayudar en momentos de dolor, pesar y angustia.
Lo primero es reconocer que nuestro refugio eterno es Dios, el salmista nos anima constantemente a declarar que Dios es nuestro refugio, nuestro pronto auxilio. Es durante este tiempo que hacemos bien cuando oramos, cuando buscamos a Dios, cuando nos cobijamos bajo sus alas, reconociendo nuestra debilidad, que somos finitos y frágiles. “9 El Señor es refugio de los oprimidos; es su baluarte en momentos de angustia.10 En ti confían los que conocen tu nombre, porque tú, Señor, jamás abandonas a los que te buscan.” Sal. 9:9,10 (Sal. 18:2; 46:1; 91:1,2)
Otro paso concreto que podemos hacer en momentos difíciles es la de abrir nuestro corazón, en otras palabras decirle a Dios como nos sentimos. Es un tiempo donde necesitamos declarar nuestras frustraciones, nuestro dolor, nuestros sentimientos más profundos. Un siervo del Señor hace muchos años atrás decía que los salmos son el gimnasio del alma. El salmista nos enseña a venir delante de la presencia del Señor con nuestro dolor, angustia, preocupación y lamento. Hacemos bien cuando abrimos nuestro corazón a Dios, y dejamos que él pueda trabajar con cada uno de nuestros sentimientos en el tiempo del dolor. “1 Sálvame, Dios mío, que las aguas ya me llegan al cuello. 2 Me estoy hundiendo en una ciénaga profunda, y no tengo dónde apoyar el pie. Estoy en medio de profundas aguas, y me arrastra la corriente. 3 Cansado estoy de pedir ayuda; tengo reseca la garganta. Mis ojos languidecen, esperando la ayuda de mi Dios.” Sal 69:1-3 (Sal. 22:1; 22:14; 69:16-18)
“Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran.” Rom. 12:15 Finalmente quisiera sugerir que tenemos que identificarnos como una comunidad que ha aprendido a permanecer unida en todo tiempo. En medio del dolor no puedo aislarme de la comunidad de creyentes, en medio de la tragedia no puedo abandonar a los que sufren, porque somos una familia. En otras palabras tenemos que caminar con los que lloran y llorar con ellos, y tenemos que permitir que otros caminen a nuestro lado cuando enfrentemos personalmente una situación difícil. Son este tipo de lazos de amor y solidaridad que nos ayudan a salir adelante. La familia cristiana es una comunidad que se caracteriza por sus fuertes lazos de compromiso motivados por el amor a Dios y el amor al prójimo.
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Fuente: Pastor Daniel Anabalón