Editorial
El Tiempo Pasa y a Nadie Perdona
Publicado el 27 de septiembre de 2009 22:26 | Leído 762 veces.
“No me deseches en el tiempo de la vejez; Cuando mi fuerza se acabare, no me desampares” Salmos 71:9
Hace un año escribí un homenaje a los siervos de Dios, mis pastores, presbítero y vicepresidente de nuestra Misión, a mucho orgullo, Fernando Rodríguez y Marta Muñoz. Lo titulé “Gladiadores de Dios”.
Hoy cumplen 62 años de matrimonio y 60 en el Evangelio. Merecen se reconozca su valioso aporte en vida, hoy tienen 80 y 87 años de edad.
Gran parte de sus vidas en el Señor. Pero el tiempo a nadie perdona y ha dejado estragos en sus vidas: hoy él sufre de Alzheimer y su memoria no funciona como antes para escribir los poemas que le hacía a su amada pastora, que le recitó muchas veces en la iglesia. Siguen siendo los pastores fieles que anhelan ser los primeros en llegar a la Casa de Dios.
En este reconocimiento quiero incluir a todos los hombres y mujeres que han dedicado sus vidas al servicio de Dios y que hoy son sólo espectadores en los servicios, después de haber construido templos con sacrificio y esfuerzo. Merecen ser honrados por los nuevos líderes, que las congregaciones los respeten, valoren y admiren y se informen de sus obras y su valor.
Como sus hijos espirituales debemos lograr que los últimos días de estos siervos sean de alegría. Enseñen a los jóvenes que vienen llegando y que no conocen la historia de su iglesia a amar y respetar a estos patriarcas, desgastados por el tiempo, que en su misión dejaron las fuerzas, la juventud y salud del ayer. Para que nosotros podamos congregarnos, inspirados arquitectos de la fe.
Hoy para llegar a la iglesia tienen que depender de terceros para que los trasladen.
Mi pastor, cuenta su esposa, está preparado dos horas antes, esperando que lo pasen a buscar para ir la iglesia. Mientras, inquieto se pasea en el departamento para un lado y otro.
Los recuerdo a mis pastores Fernando y Marta siempre juntos, los primeros en llegar a la iglesia y a él predicando. No le gustaban los “hermanos cochayuyos”, que temían a la lluvia y “no asistían a la iglesia para no mojarse, porque se doblan”, decía con firmeza desde el púlpito.
Salieron airosos de muchas batallas heridos, llorando por el dolor que causan a los siervos de Dios las bajas en las tempestades de personas que fueron alcanzadas por las olas y el viento del mal.
Predicaron en el barro y en calles polvorientas, caminaron grandes distancias para llegar al
estudio bíblico en el Templo Central: no había dinero para la micro, y el camino de ida y regreso debía hacerse a pie, sin importar el clima o el hambre, pues no tenían los medios que tenemos hoy ni las herramientas. Como en una parábola, labraron la tierra sacando rocas, moviendo la tierra seca para que hoy nosotros solamente tiremos la semilla.
Gracias les damos por todo lo que han entregado para el Ministerio y el avance del Evangelio en Chile. Y que Dios les bendiga, y la congregación los honre.
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Fuente: Pastor Marco Gajardo






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