Publicado el 26 de mayo de 2009 12:20 |
Leído 2053 veces.
“Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado”. Gálatas 6:1. La iglesia les llama a los fieles, soldados, y muchas veces cantamos un himno, "Sin vacilar marchar, soldados de Jesús, y por la cruz luchar, armados de virtud". Estamos conscientes que no tenemos lucha contra sangre ni carne, sino con potestades malignas que vagan por los aires.
Cuando uno va a la guerra ya ha pasado por un proceso de un buen adiestramiento en tácticas y estrategia, conocimiento de armamento, para defensa y ataque. En una guerra siempre hay muertes y también muchos heridos, que se recogen en el campo de batalla y se llevan a un hospital donde curan sus heridas. En ellos trabajan muchos, y todos son voluntarios: el amor por ayudar al herido y restaurar al caído es maravilloso, aun a riesgo de la propia vida. ¿Sería posible, entonces que la iglesia, en vez de restaurar, consolar y curar al herido le diera vuelta la espalda y lo dejara tendido a su suerte, para que muriera porque su error fue ser herido en la batalla espiritual?
El mundo no nos puede dar ejemplo de restauración: Dios nos ha llamado para restaurar al hermano que ha sido alcanzado y derribado por el enemigo. Está caído pero no destruido; tenemos que levantarlo y conducirlo a un refugio donde le podamos brindar todos los cuidados que requiere.
La iglesia es la verdadera clínica de Dios donde encontramos la salvación y salud para
nuestra alma. A ella llegan heridos que han sido derrumbados por fracasos matrimoniales, adulterio, drogas, cesantía, alcoholismo, la pérdida de valores a través de muy diversos delitos.
Muchas veces las iglesias aislamos, hacemos a un lado, juzgamos al hermano o hermana que ha caído por una emboscada de Satanás.
Es verdad que ningún pastor quiere problemas: nos gustaría tanto que nuestras congregaciones fueran como vaso de leche y hubiesen muchas personas que nos entendieran y levantaran las manos para la batalla. Pero como en la vida del combatiente bélico, cuyos ojos siempre están puestos en su General, el combatiente espiritual también confía en su pastor y, como las ovejas del salmo, confía en que lo conducirá a las verdes praderas, apaciguará su fiebre y calmará su sed, a cubierto de sus enemigos.
En la realidad, cuántas ovejas cojean, muchas se han herido en las cercas, en las alambradas de púas, a veces hasta mutilarse. Allí están, con sus defectos y virtudes, clamando para que Dios las guíe hacia su refugio, y envíe pronto a su pastor a buscarlas, enredadas entre las zarza. Para guiarles al refugio del Señor.
A los pastores Dios no nos ha enviado a este mundo para impartir justicia, sino a predicar, a difundir las gratas nuevas de Salvación.
Honremos a Dios con nuestras vidas, en el hogar con la familia, en el trabajo, con los
vecinos, los hermanos y la iglesia.
Orad por el que ha sido alcanzado por el fuego enemigo y que lo único que desea es ser
curado de su mal, consolado de su angustia y calmado en su soledad. Y no necesitan de
recriminaciones ni críticas porque fueron alcanzados y abatidos por el certero ataque
enemigo si estaban vigilantes o desprevenidos.
Dios quiere que la iglesia sea una clínica y se transforme en una fuente de restauración
para los heridos de nuestro batallón eterno.
Dios desea que nos convirtamos en un medico, siquiatra, paramédico, camillero, enfermera, anestesista, cirujano, chofer de una ambulancia.
Y así podamos cantar, todos juntos, nuestro destino de cada día: a la batalla cristiano
con el escudo de la fe.
“No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos.
Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la
familia de la fe”. Gálatas 6:9-10.
Imágenes relacionadas
Fuente: Pastor Marco Gajardo